• Daniel Carvalho

Cultura del fútbol: Un correlato de ciudad

“En nuestras vidas habita con frecuencia el fútbol. Porque lo jugamos desde chicos. Porque amamos a un club y su camiseta. Porque es una de esas experiencias básicas en las que se funda nuestra niñez y, por lo tanto, lo que somos y seremos. Creo que todas las historias que contamos buscan acceder, de un modo u otro, a los grandes temas que gobiernan nuestras vidas como seres humanos. El amor, el dolor, la muerte, la amistad, la angustia, la traición, el triunfo, la espera. Y, sin embargo, no resulta sencillo ingresar en esos temas de frente y sin atajos. El fútbol, como parte de esa vida que tenemos, es una puerta de entrada a esos mundos íntimos en los que se juegan asuntos mucho más definitivos. Un escenario, o un telón de fondo de las cosas esenciales que señalan y definen la vida”. (Eduardo Sacheri, “La vida que pensamos”).

Escrito por Esteban Guerra Upegui


El fútbol es un juego infinito. Un deporte colectivo con un sinfín de posibilidades cuyo desarrollo comporta muchas semejanzas con la vida misma. Quizás ello explique tantas analogías, tantas referencias. “Se juega como se vive” dice el Cholo, “el fútbol es una sociedad a pequeña escala” arguye Valdano, “todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol” remata Camus. Lo cierto es que es un deporte que nos constituye como individuos, y que, en buena medida, atraviesa la vida de nuestras sociedades.


El fútbol es a la vez muchas cosas. A veces, incluso, cosas que no nos gustan porque parecen pervertir la naturaleza del juego. En muchas ocasiones, por ejemplo, el fútbol en nuestro país ha sido otro catalizador más de la violencia de una sociedad fraccionada por la desigualdad y la guerra. Pero el fútbol es, en esencia, otra cosa. Es un divertimento, un espacio de congregación colectiva, un “entorno protector”, un ejercicio lúdico profundamente pedagógico y, sobre todo, en realidades como la nuestra, es una plataforma extraordinaria de (re)construcción del tejido social.


Las personas encuentran en el fútbol y en las representaciones que ofrece, una identidad. Un sentido de pertenencia a un grupo que desarrolla valores como la amistad, el respeto y la confianza. Allí encuentran su nicho las barras sociales, esos colectivos que se agrupan por un interés común como un equipo, pero que terminan siendo mucho más que eso. Se erigen como espacios de gran potencial para la construcción colectiva con la capacidad de incluir a personas de todo tipo con una cantidad inusitada de talentos y habilidades. Esos grupos que alguna vez fueron tachados de violentos y agresivos –muchas veces por una injusta narrativa de la violencia asociado a ellos– son también los responsables de un verdadero cambio de paradigma asociado a la Cultura del Fútbol. De las narrativas de la violencia a las de la convivencia y transformación social.


Allí se inscribe la política pública de Cultura del Fútbol. Una política que recoge las buenas prácticas de las barras sociales y de todos los actores asociados al fútbol en la ciudad y que recrea escenarios para que ello pueda tener efectos amplificadores en toda la ciudad. Como lo estipula su texto fundacional: “La cultura del fútbol es diversa y su campo de acción es la ciudad”. Con ello, entonces, no solo fue posible que la ciudad volviera a tener la posibilidad de disfrutar el clásico antioqueño con las dos hinchadas, en lo que ya es una verdadera fiesta y evento de ciudad, sino que a partir de allí se han generado o potenciado muchas actividades que tienen lugar en las comunas y barrios y que han sido de verdadero provecho y disfrute de la ciudadanía. Proyectos culturales como Cultura DIM o Con la pelota en la cabeza, intervenciones sociales como torneos solidarios que organizan algunas barras organizadas de los clubes y muchas otras actividades asociadas a la convivencia, la cultura ciudadana y la construcción de paz son clara muestra de ello. Son el ejemplo concreto de un cambio de lógica.


La Cultura del Futbol es un correlato de la ciudad. Una sociedad que enfrentada a sí misma es capaz de cambiar la historia. De generar un verdadero cambio de paradigma. De entender la naturaleza de un juego y sus diversas expresiones colectivas para extender sus potencialidades y alcances. Es el esfuerzo por ganarle la batalla a la exclusión y la segregación social y transformarlo en posibilidades de formación, inclusión y cambio. Es el esfuerzo por erradicar la violencia del fútbol, y que, en cambio, suenen las trompetas de la murga o se pinte un grafiti en la 70.


Pero el cambio social es costoso y comporta retos. Existen aún elementos por mejorar, cosas por cambiar, detalles por afinar que se ajusten a la naturaleza cambiante y dinámica de los acontecimientos. El proceso de establecer responsabilidades individuales para aquellos que cometan actos violentos, la incesante búsqueda por abrazar de manera definitiva la diversidad siendo el fútbol un escenario aún machista y la posibilidad de ampliar los alcances de la convivencia en los estadios con todos los equipos y las ciudades del país son algunos de esos retos.


Sin embargo, la Cultura del Fútbol sigue en su camino, estableciendo planes, actividades y proyectos que enmarcados en elementos de cultura ciudadana sigan apostando por la recreación de la convivencia y la inclusión. Valores asociados al juego pero que tienen un efecto enorme en la construcción de ciudadanías con álgido espíritu democrático. Porque en definitiva el fútbol, como dice Sacheri, “es una puerta de entrada a esos mundos íntimos en los que se juegan asuntos mucho más definitivos. Un escenario o un telón de fondo de las cosas esenciales que señalan y definen la vida”. Una puerta de entrada a “asuntos mucho más definitivos” como el ejercicio pleno de la ciudadanía, como el aporte a la construcción de ciudad, como la convivencia y la paz.


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